Estaba oscuro en el exterior, Adriana miraba a través del cristal empañado de la ventana, veía como chocaban las olas contra el acantilado.
Sentía la humedad atravesar el fino tejido de su jersey, la chimenea no estaba haciendo mucho más que caldear la habitación. Le deprimian los días tan oscuros, aun no eran las doce, Adriana esperaba ansiosa una carta, por más que le preguntaba al cartero este ya cansado le respondia mecánicamente: "No señorita Adriana, hoy tampoco ha venido el paquete que espera usted".
La verdad es que Adriana no quería ya su regalo, ya ni esperaba que se hubiera acordado de enviarle lo que ella tanto tiempo soñó, ¿qué es si no uan simple lámpara de aceite?. estará demasiado ocupado para acordarse de un simple capricho.
Se levantó y fue junto a la mesa, allí había un jarrón con sus flores preferidas, amarillas, frescas, desprendiendo un dulce aroma que lo envolvía todo. Ya no recordaba cuanto tiempo pasó desde que ella esperaba ese regalo. Intentaba calmarse, no pensar, no enfadarse, pero se sentía como si fuese invisible.
Adriana tomó una resolución, no esperaría más su regalo, no perdería más tiempo esperándolo, saldría, viviría, seguiría con su vida. Estaba cansada de tanta oscuridad, de tanta ambigüedad.
Subió corriendo las escaleras, se recogió el cabello, se puso unas botas y un abrigo. Hacía mucho tiempo que nos e maquillaba, se puso un pañuelo en el cuello.
Cuando llego a la calle empezó a alejarse del faro, no dejaba de pensar que no podemos obligar a que la gente nos ame, que piensen en nosotros, que nos recuerden. Un poco de soledad le vendría bien.
Estaba contenta, radiante, se sentía llena de vida, alegre por haber sabido salir de su carcel.
Escuchó a sus espaldas un hombre llamarla. ¡Adriana, Adriana!.
Al girarse vio el faro, y al fondo al mar alborotado. - ¡Ha llegado tu paquete, Adriana!
No podía dejar de mirar el mar, otra ola chocaba contra el acántilado.

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